LA AMARGURA QUE NO SABÍA QUE TENÍA

Patricia Namnún
Coalición por el Evangelio
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Hay pecados que solemos identificar con facilidad. Sabemos cuándo mentimos. Sabemos cuándo gritamos con ira. Sabemos cuándo actuamos con orgullo. Pero hay otros pecados que salen de nuestro corazón en silencio. Comienzan con algo que pensamos que tenemos bajo control, pero terminan echando raíces profundas que luego no sabemos de dónde han venido.

La amargura es uno de esos pecados.

Lo interesante con el pecado de la amargura es que muchas veces no comienza como amargura. Inicia en medio del dolor por alguna pérdida o algún anhelo insatisfecho, en medio de una injusticia real o percibida que ha sido cometida en nuestra contra o de alguien que amamos. En ese momento, algo empieza a hervir lentamente dentro de nosotros y nuestro corazón se va endureciendo sin que nos demos cuenta.

No nace de la nada

La amargura no es un evento aislado. Es una emoción negativa que se va cocinando a fuego lento en el corazón. Es el resultado del enojo que pasó de ser una experiencia a convertirse en una creencia.

Es como la hierba mala que crece en el jardín sin que la notemos. Son raíces ocultas que brotan porque las regamos con malos pensamientos recurrentes, conversaciones internas donde repetimos la escena, comparaciones constantes, quejas que queremos justificar. Nada parece grave. Pero, con el tiempo, lo que parecía inofensivo se convierte en un arbusto enorme que oscurece y daña todo el jardín. La Biblia nos muestra estos escenarios:

  • En Génesis 27, Esaú experimenta una injusticia real. Su hermano lo engaña y le arrebata su bendición como hijo primogénito. El texto dice que guardó rencor y planeó matar a Jacob. La herida era verdadera, pero la respuesta fue dejar que el resentimiento se asentara.
  • En Génesis 4, Caín percibe una aparente injusticia cuando Dios acepta la ofrenda de Abel y no la suya (por supuesto, Dios no es injusto). El semblante de Caín se demuda. Dios le advierte que el pecado está al acecho, pero Caín debe dominarlo; sin embargo, Caín no lo domina: lo abraza. Y termina matando a su hermano.
  • En Jonás 4, el profeta se enoja porque Dios muestra misericordia a Nínive. No soporta que el Señor actúe con compasión hacia la gran ciudad y llega incluso a desear su propia muerte. En este caso no hubo una injusticia. Solo un corazón que no quería que Dios fuera Dios y que mostrara misericordia.

Más que una emoción

El autor y consejero bíblico Robert D. Jones dice que la amargura es «ira asentada» (En busca de la paz, p. 176). No es solo enojo momentáneo; es una postura del corazón que termina manifestándose de distintas formas: irritabilidad constante, descontento, comparaciones, crítica, pesimismo, falta de gozo, dureza, aislamiento.

Lo más serio e importante es que, en última instancia, nuestra amargura no es solo contra otras personas: también es contra Dios y Su soberanía

Podemos pensar que la amargura está confinada a nuestro interior y que solo nosotros tenemos que lidiar con ella. Pero la realidad es que siempre sale a la superficie y afecta nuestras relaciones, nuestra manera de hablar, nuestras decisiones y aún nuestro propio cuerpo.

La Palabra nos exhorta: «Cuídense de que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios; de que ninguna raíz de amargura, brotando, cause dificultades y por ella muchos sean contaminados» (He 12:15).

Lo más serio e importante de todo esto es que, en última instancia, nuestra amargura no es solo contra otras personas: también es contra Dios y Su soberanía.

Cuando el dolor se vuelve acusación

En Rut 1, encontramos una escena en la que Noemí regresa a Belén, después de perder a su esposo y a sus hijos en Moab. Su dolor es indescriptible. Ella dice: «No me llamen Noemí, llámenme Mara, porque el trato del Todopoderoso me ha llenado de amargura» (v. 20).

Sin lugar a dudas, Dios en Su soberanía de amor se había llevado a su esposo y a sus hijos, pero no la había llenado de amargura. Ella misma llenó su corazón de amargura. El problema no está en reconocer el dolor, sino en la conclusión a la que llega: «Dios está contra mí».

Cada vez que la amargura se instala, revela lo que creemos sobre Dios. Dice, por ejemplo: «No confío en Tu sabiduría», «No creo que Tú juzgarás con justicia», «Creo que yo sé mejor cómo debería orquestarse mi vida».

En el Salmo 73, Asaf describe cómo su corazón se llenó de amargura al ver prosperar a los impíos. Él mismo reconoce que estaba siendo torpe, como una bestia delante de Dios (v. 22). Su teología estaba distorsionada. Pensaba que servir a Dios no valía la pena.

Hasta que entró en el santuario. Fue en la presencia de Dios que su perspectiva cambió. Recordó el fin de los impíos (v. 17). Recordó quién era Dios (v. 18). Y entonces pudo decir: «¿A quién tengo yo en los cielos sino a Ti?… Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre» (vv. 25-26).

La transformación comenzó cuando su teología fue corregida.

Sea quitada toda amargura

La Palabra de Dios no trata a la amargura como un problema menor, por eso nos manda: «Sea quitada de ustedes toda amargura, enojo, ira, gritos, insultos, así como toda malicia. Sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo» (Ef 4:31-32).

El mandato bíblico es radical: «sea quitada». Por lo tanto, nuestra actitud frente a la amargura no debe ser pasiva, sino que requiere una intencionalidad dependiente del Espíritu, y en esa intencionalidad el perdón ocupa un papel fundamental.

Caminamos libres, no porque nunca fuimos heridos, sino porque ya fuimos perdonados en Cristo

No podemos hablar de tratar la amargura sin hablar del perdón, porque el resentimiento solo es sanado a través de una disposición real a perdonar, una que nace del evangelio. Tener una disposición a perdonar requiere que entendamos que antes de ser ofendidos, nosotros fuimos ofensores. Estábamos muertos en delitos y pecados, enemigos de Dios, sin buscarlo. «Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó… nos dio vida juntamente con Cristo» (Ef 2:4-5).

Él nos perdonó no porque lo merecíamos, sino por Su gran amor. Su perdón fue un regalo inmerecido, comprado a precio de sangre. Si el Dios perfecto perdonó a pecadores como nosotros, ¿cómo podríamos ahora nosotros retener el perdón a otros pecadores?

Ciertamente hay circunstancias duras y difíciles en las que el dolor de la ofensa es grande y deja huellas profundas. Sin embargo, Aquel que te llama a desechar la amargura y a estar dispuesto a perdonar es uno que te mira con compasión en medio de tu dolor y llora contigo. Él sabe que la amargura nos destruye y, al llamarnos a cuidarnos de ella, también está detrás de nuestro propio bien.

Una gracia que transforma

La buena noticia es que la misma gracia que perdona pecados también transforma corazones.

Hoy, como Asaf en el Salmo 73,  puedes «entrar al santuario» (cp. He 4:14-16; 10:19-25). Puedes reconocer la incredulidad que está detrás de tu resentimiento. Puedes decidir quitar la amargura y extender el perdón, en el poder del Espíritu.

Y mientras esperamos el día en que nuestro Rey regrese y el pecado no hiera más, caminemos libres, no porque nunca fuimos heridos, sino porque ya fuimos perdonados en Cristo.




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