Cuando Dios parece lento: Aprendiendo a esperar en una cultura de inmediatez
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Nos cuesta esperar. Lo sé bien porque mi propia impaciencia muchas veces refleja la prisa que marca nuestra cultura. Hemos aprendido a vivir con la ilusión de que todo debe resolverse al instante, como si la espera fuera un obstáculo y no una oportunidad. Pero Dios, en Su sabiduría, para enseñarnos a confiar, depender y crecer.
Reconozco que la espera ha sido un área en la que Dios ha trabajado conmigo de manera muy particular porque, sinceramente, no me gusta esperar. Soy una esposa que, cuando hemos tenido que estacionar el vehículo lejos y mi esposo se ofrece a buscarlo para luego recogerme, prefiero ir con él antes que quedarme esperando.
Sin embargo, con el paso de los años, Dios me ha mostrado una y otra vez la necesidad de aprender a esperar pacientemente y cómo, a través de la espera, Él obra en mi vida para formar mi carácter y hacerme crecer. Esperar se ha convertido en una de Sus herramientas más efectivas para recordarme que Su tiempo es perfecto y que confiar en Él siempre produce fruto.
Con frecuencia olvidamos que no somos soberanos, y que el tiempo le pertenece al Señor, no a nosotros
En medio de este ritmo acelerado y de las expectativas irreales de una vida sin demoras, vale la pena detenernos y preguntarnos: ¿por qué nos cuesta tanto esperar? Y, más importante, ¿cómo podemos aprender a hacerlo bien? ¿Qué lugar tiene para nuestras vidas?
Razones detrás de nuestra impaciencia
El hecho de que muchos de nosotros nos resistamos a la espera va mucho más allá de tener una personalidad activa o un deseo legítimo de ser proactivos. Como todo en nuestra vida, esta lucha tiene que ver con el corazón; con razones más profundas que terminan manifestándose en nuestra impaciencia. A continuación, algunos aspectos que la impaciencia revela de nuestro corazón:
– Nuestra impaciencia revela nuestro deseo de control
Somos impacientes porque creemos en la ilusión de que tenemos el derecho y la capacidad de controlar cada aspecto de nuestra vida. Con frecuencia olvidamos que no somos soberanos y que , no a nosotros.
Jesús dijo: «¿Quién de ustedes, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida?» (). Al momento en que escribo este artículo he vivido 355 392 horas; una sola hora, en comparación con esa cantidad, parecería insignificante. Sin embargo, Jesús nos muestra que nuestro afán no puede lograr ni siquiera algo tan «pequeño» como esto. No tenemos el control de nada y jamás lo tendremos.
– Nuestra impaciencia revela que creemos saber más
Otra razón por la que somos impacientes es porque pensamos que sabemos lo que es mejor para nosotros: el tiempo, las circunstancias y los escenarios exactos en los que deberían suceder las cosas en nuestras vidas. Creemos saber más que Dios, y por eso nos desesperamos cuando las cosas no suceden a nuestro tiempo ni de la manera en que esperamos.
La paciencia no es pasividad ni inactividad; más bien, es una actividad espiritual profunda que nace de la fe
Sin embargo, la Palabra nos enseña: «Porque la necedad de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres» (). La gloriosa realidad es que Dios siempre conoce mejor que nosotros todas las cosas. La trampa mortal en la que caemos con frecuencia es creer que podemos saber más y mejor que Él.
– Nuestra impaciencia revela nuestra falta de confianza en Dios
El corazón que no desea esperar es, en última instancia, un corazón que no confía en que Dios está obrando para su bien. Puede que sepamos que Él es sabio y soberano, pero dudamos de que usará esa sabiduría y soberanía .
El apóstol Pedro nos recuerda sobre el carácter de Dios: «El Señor no se tarda en cumplir Su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es paciente para con ustedes» (). Dios no tiene prisa y, aunque a nuestros ojos parezca demorarse, Él siempre cumple Sus promesas.
Paciencia activa
La paciencia no es pasividad ni inactividad; más bien, es una actividad espiritual profunda que nace de la fe. Esperar con paciencia implica responder con confianza cuando los sentimientos quieren dominar y el corazón se inclina a la desesperanza. Es una espera que busca activamente al Señor, aferrándose a Su carácter y a Sus promesas. Al mismo tiempo, la paciencia nos lleva a humillarnos delante de Dios, reconociendo que no somos soberanos y que dependemos completamente de Su sabiduría y tiempo perfecto.
El evangelio nos muestra esta realidad de manera suprema en Cristo. Él esperó con paciencia el momento preciso para hacerse carne, «cuando vino la plenitud del tiempo…» (). Esperó con paciencia cuando fue calumniado y maltratado, sin devolver mal por mal, confiando en Aquel que juzga con justicia (). Y esperó con paciencia en medio del dolor de la cruz, sabiendo que Su sufrimiento tenía un propósito eterno: nuestra redención ().
Su ejemplo nos enseña que la espera en Dios nunca es en vano, porque detrás de cada demora aparente hay un propósito mayor, y ese propósito siempre apunta a Su gloria y a nuestro bien.

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