4 visiones de la psicología contrarias a la cosmovisión cristiana

Flavia Johansson
Coalición por el Evangelio
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Nota del editor: 

Para otras perspectivas sobre la psicología y más reflexiones sobre la consejería bíblica, te invitamos a explorar nuestros recursos al respecto (ver enlaces).

Muchos creyentes asumen que la psicología se adapta a la cosmovisión bíblica y que es una herramienta útil para aplicar en las consejerías. Pero cuanto más examiné esto a la luz de la Biblia, más entendí que la psicología, como sistema de consejería, aborda la condición humana con creencias y presuposiciones que son antitéticas a la Palabra de Dios.

Como estudiante de psicología, para mí no fue fácil aceptar esto (hablo un poco de mi historia aquí). Dios ha transformado mi manera de pensar desde entonces, al punto de que hoy no me desempeño como psicóloga.

El lenguaje psicológico es sutil y casi siempre suena acertado: apela a la compasión, a la salud y a la sabiduría. Pero sin discernimiento, los cristianos comienzan a adoptar marcos que parecen bíblicos cuando, en esencia, contradicen al evangelio y a la cosmovisión bíblica.

Es crucial examinar nuestra cosmovisión, dado que, si no lo hacemos, somos particularmente vulnerables a adoptar pensamientos que nos alejan del evangelio. Por ejemplo, influenciados por la psicología actual, las personas empiezan a pensar que su pasado es determinante, que sus emociones tienen autoridad y que su sanación es un proceso de autoprotección en lugar de autonegación. Nada de esto lleva a las personas al evangelio.

Por eso te propongo que evalúes, a la luz de la Palabra, cuatro visiones de la psicología que son contrarias a la cosmovisión cristiana.

1. La visión del hombre o antropología

La antropología es la ciencia enfocada en el ser humano: estudia sus orígenes, cómo lo afecta el entorno, qué lo motiva y qué define a un ser humano funcional. Todo sistema de consejería trabaja con una antropología de fondo.

En general, la psicología está influenciada por la teoría de la evolución de Charles Darwin y una antropología naturalista. Si lees un libro de texto de psicología —por ejemplo, de Sigmund Freud o Carl Rogers— no encontrarás una sección dedicada a la antropología, que describa con claridad qué o quién es el hombre. En cambio, los autores entretejen en sus teorías la comprensión que tienen de la naturaleza humana.

Aunque cada teoría psicológica tiene una perspectiva específica, comparten en general una visión naturalista del ser humano, en la que solo existe el mundo natural y las explicaciones físicas. De ese modo, el grueso de la psicología rechaza a Dios como Creador y Sustentador de todos y de todo (Hch 17:24-25), a favor de permitir que cada persona defina según sus experiencias lo que le parezca mejor. Entonces, la visión del hombre que tiene la psicología proviene del hombre mismo; es el hombre definiéndose a sí mismo.

No nos dejemos llevar por vanas filosofías. Si queremos cambiar —nosotros y luego ayudar a otros—, vayamos a Cristo, Su obra, Su plan y Su Palabra

La comprensión bíblica del ser humano es totalmente diferente. El teólogo Joel Beeke define la antropología teológica como la disciplina que investiga qué es el hombre en relación con Dios.1 No se trata solo de estudiar al hombre en sí, sino de comprender su identidad, naturaleza, propósito y estado ante Dios.

Además, la Biblia enseña que el ser humano no se define solo por conductas o circunstancias, sino por lo que hay en su corazón, que es el núcleo espiritual de la persona. (En varios lugares de las Escrituras, las palabras hebreas o griegas para corazón se refieren a «lo central de algo», como en Jonás 2:3 y Mateo 12:40.2 El corazón incluye la mente, las emociones, la voluntad y los deseos, y es el motor de nuestras palabras y acciones).

La manera en que se define al hombre tiene implicaciones en cómo se entienden otros temas; la doctrina del ser humano está unida a las doctrinas de Dios, de Cristo, de la redención, de la ética, del pecado, etc. Sin una visión bíblica de la antropología, el resto de doctrinas se distorsionan. Si tenemos un concepto equivocado del ser humano cuando intentamos ayudar a alguien, esta ayuda, consejo, guía o solución de problemas también se distorsiona.

2. La visión del problema

Cuando escuchamos a las personas hablar de sus problemas estos pueden abarcar una multitud de situaciones, pero en su mayoría se identifica el problema como algo externo: en la situación, en el pasado, en un amigo o amiga, en los familiares, etc. En parte, la psicología ha ayudado a validar esta visión.

Para la psicología, mientras el problema es principalmente externo, la solución es primordialmente interna. ¿Cuál es el denominador común cuando se habla de autoestima, autoimagen, autodeterminación y autorrealización? El yo. Pero, si bien hay un espacio para el autocuidado en la cosmovisión cristiana, la Biblia nos enseña que no debemos hacer de nuestro ego el centro de nuestras vidas.

Las teorías psicológicas populares ponen al yo como el centro y fin del bienestar, por lo que el egoísmo gana la batalla y todo aquello que lo amenaza debe ser descartado, movido o eliminado. El movimiento moderno del «yo» legitima y exalta al egoísmo, haciendo que muchos se sientan cómodos con el pecado, pues lo disfrazan de virtuosa autorrealización o, en el peor de los casos, lo reducen a una simple disfunción o enfermedad. Así, nadie se reconoce como responsable de su pecado, sino solo como una víctima.

Pero ¿cuál es el problema del ser humano según la Biblia? Dios en Su palabra deja claro que el problema es el pecado en nosotros, es decir, hacemos, pensamos y hablamos de manera contraria a la santa ley de Dios (1 Jn 3:4). Necesitamos tener esta cosmovisión bíblica del pecado para ver cómo nuestro propio corazón y el de los otros están afectados por este problema. Solo entonces podremos empezar a considerar cómo aconsejarnos unos a otros.

Sin embargo, debemos ser cuidadosos y reconocer que no todos los pecados requieren el mismo abordaje (cp. 1 Ts 5:14). Reprender a un rebelde es apropiado. Amonestar al transgresor también. Pero por la misma razón que un entrenador no debería gritarle a un jugador por fallar un tiro libre, debemos ser pacientes y compasivos con las faltas de otros, pues sabemos que nosotros también fallamos diariamente.

3. La visión de la esperanza

La esperanza, según la Asociación Psicológica Americana, se trata de «la expectativa de que uno tendrá experiencias positivas o que una situación potencialmente amenazadora o negativa no se materializará o que, en última instancia, resultará en un estado de cosas favorables». Si nos damos cuenta, se relaciona la esperanza con el optimismo: la actitud o perspectiva de que sucederán cosas buenas y los deseos o metas de uno finalmente se cumplirán.

La idea es que si uno se mentaliza que todo irá bien, que hay varios caminos para lograr las metas personales, entonces hay esperanza y todo saldrá bien. Notemos, una vez más, que la esperanza en este mundo está basada en uno mismo, en cuánto podemos hacer, visualizar y optimizar los recursos propios para alcanzar las metas trazadas para esta vida.

Saber que nuestra esperanza está en Cristo cambia nuestra perspectiva; no dependemos de nosotros, nuestras circunstancias o deseos, sino de Su fidelidad

Pero la cosmovisión bíblica habla de la esperanza de manera muy diferente. Pablo dice: «Si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos, de todos los hombres, los más dignos de lástima» (1 Co 15:19). A la luz de la eternidad, la verdadera miseria es que la esperanza esté puesta solo en esta vida, que es un corto tiempo y se desvanece. Si toda tu esperanza está atada a lo que sucede en esta vida, esa es una terrible miseria.

En la Biblia, la esperanza no es solo un «Ojalá que algo pase» o un deseo vago, sino una confianza firme en lo que Dios prometió. Además, en Cristo tenemos la esperanza de la gloria (Col 1:27). No esperamos en algo o alguien abstracto, sino en Cristo: en Su persona, Su obra, Su regreso. Es en Él que nuestra salvación está asegurada y, por lo tanto, nuestra esperanza es firme; «tenemos como ancla del alma, una esperanza segura y firme» (He 6:19).

Saber que nuestra esperanza está en Cristo cambia nuestra perspectiva; no necesitamos depender de nosotros, nuestras circunstancias o meros deseos, sino de Su fidelidad.

4. La visión del cambio

La psicología habla del cambio como un proceso íntimo, personal e individual. El objetivo de la psicología es precisamente generar cambios en las personas, modificando ciertas «conductas-problema», para lo que tiene en cuenta dos factores que considera fundamentales para el cambio: la motivación y el compromiso.

Así, algunos autores hablan del cambio como un proceso de autorrealización o actualización. Para el influyente psicólogo humanista Abraham Maslow, el cambio ocurre al satisfacer las necesidades básicas primero, para entonces aspirar a la plenitud y al crecimiento personal. Mientras que, desde la corriente cognitiva y conductual, el cambio se da al reestructurar pensamientos disfuncionales, los cuales impactan en las emociones y conductas, o por el refuerzo y condicionamiento de conductas.

En resumen, el cambio, según la psicología, es un proceso personal que depende de la motivación y el compromiso, y puede explicarse como autorrealización (Maslow) o como la modificación de pensamientos y conductas (psicología cognitivo-conductual). Nuevamente, el cambio es visto como surgiendo desde el individuo y para el individuo. Sin embargo, el cambio para el cristiano no proviene de él mismo, sino que es obra del Espíritu Santo en él. La confianza del cambio en el creyente viene del Dios de la Biblia, quien nos cambia.

El cambio verdadero no se produce desde la autonomía, sino desde la dependencia de Dios

El cristianismo cree que el cambio es posible; un cambio profundo, fundamental y duradero. La Biblia asume que Dios es el factor decisivo a la hora de convertirnos en lo que deberíamos ser. Con una verdad maravillosa, la Biblia ordena el cambio: «Sea quitada de ustedes… toda malicia» y «Sean más bien amables unos con otros» (Ef 4:31-32). No dice «Si pueden» o «Si sus padres fueron amables con ustedes» o «Si no te hicieron mucho daño»; simplemente manda «Sean amables». Esta verdad nos libera de pensar en el pasado o en el medio externo, porque el cambio viene de Dios.

Entonces, es importante basar el proceso del cambio en las verdades y promesas profundas de nuestro Creador y Señor. El cambio no depende del consejero y ni siquiera, en última instancia, del individuo, sino que depende de la obra santificadora del Espíritu Santo en el corazón alcanzado por la obra redentora de Dios. Es verdad que el creyente debe hacer su parte, pero desde un corazón rendido y alcanzado por Dios.

La psicología habla del cambio como un proceso íntimo, personal e individual; en cambio, el cristianismo habla del cambio como un proceso espiritual, dependiente y vivido en comunidad. No es un proceso «íntimo» en el sentido de meramente interno, aunque sí es obra del Espíritu Santo en lo secreto del corazón. Es Dios quien escudriña lo profundo y transforma desde adentro (Sal 139:23-24Ez 36:26).

El cambio verdadero no se produce desde la autonomía, sino desde la dependencia de Dios. Aunque es llevado en cada uno de manera única, no es auto-producido. Como Pablo dice: «Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí» (Gá 2:20).

Además, si bien el cambio es personal en el sentido de que «me alcanza a mí», la Biblia no entiende el cambio como un proceso individual o que se produce aisladamente. Dios nos cambia en comunidad (He 10:24-25). El crecimiento se da en el cuerpo de Cristo, Su iglesia, a través del discipulado, la exhortación mutua y el ministerio unos a otros (Ef 4:11-16).

Entonces, aunque cada creyente es transformado, lo es junto al cuerpo de Cristo, con la ayuda del Espíritu y en dependencia del Padre.

Vayamos a Cristo

Todos tenemos una cosmovisión que nos sirve de lentes para ver e interpretar la realidad. En muchos casos, es el producto de la acumulación de opiniones y prejuicios absorbidos a partir de los medios de información y la opinión popular. Ante esto, la Palabra nos exhorta: «Si ustedes, pues, han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Col 3:1).

Hermanos, revisemos nuestros lentes, revisemos nuestra forma de ver este mundo. Volvamos a la Palabra. Volvamos a lo que Dios dice sobre el mundo, nosotros y el caminar de este lado de la eternidad junto a otros. No nos dejemos llevar por pensamientos y vanas filosofías. Si queremos realmente cambiar —primero nuestro corazón y luego ayudar a otros—, vayamos a Cristo, Su obra, Su plan y Su Palabra.


1. Joel R. Beeke, «Reformed Systematic Theology», Vol. 2, p. 23. ↩
2. Paul D. Tripp y Timothy Lane, «How People Change», p. 94. ↩



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