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ESFUÉRCENSE POR CULTIVAR LA UNIDAD II

Por: Pastor Diego Brizzio
Iglesia Cristiana Evangélica "Sígueme"




¿Tenemos dificultades para acercarnos a los hermanos en Cristo, y relacionarnos, cuando son muy diferentes de nosotros? De esto trataremos en esta ocasión.
Esfuércense por cultivar la unidad (II)
Efesios 4.1-3
Dice Efesios 4.1-3: ““Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”.  
I.          Pablo le está escribiendo a una congregación cristiana. Todos sus integrantes se habían sumado a la congregación al escuchar el evangelio, arrepentirse de sus pecados, confiar en Cristo como Salvador, y bautizarse. Ahora bien, varios de los miembros provenían de un trasfondo cultural y religioso judío, y otros varios provenían uno trasfondo no judío. Y puesto que la diferencia entre ambos trasfondos era muy importante, eso causaba problemas en la unidad de la congregación… Tendían a desunirse entre ellos, a distanciarse.
Nosotros también, hermanos, naturalmente somos diferentes, y eso tiende a desunirnos. Creo que ninguno de nosotros es judío, pero tenemos otras diferencias relativamente importantes. Algunos somos argentinos, otros bolivianos, otros chilenos, otros venezolanos; algunos varones, otras mujeres; algunos mayores, otros jóvenes; algunos extrovertidos o muy sociables, otros introvertidos y tímidos… Algunos conservadores, otros no-conservadores; algunos viven solos, otros en familia; algunos han estudiado mucho, otros poco; algunos tienen más dinero, otros menos; algunos llegan muchos años de creyentes, otros pocos… Sí, naturalmente somos muy diferentes. Y el hecho de que lo somos, suele llevarnos a desunirnos. Algunos síntomas de desunión son los siguientes: öno nos reunimos, ni los domingos, ni en los grupos de crecimiento, ni con los grupos por afinidad. öSi nos reunimos, nos vamos rápido. No nos quedamos después del culto un buen rato. öSi nos quedamos un rato más, muchas veces permanecemos solos o aislados, sin relacionarnos con nadie. Tenemos pereza social… öSi nos reunimos y nos relacionamos con alguien, generalmente nos relacionamos siempre con los mismos: con los que tenemos una química natural, ya sea con los amigotes, o con la familia, o con los mismos de siempre… Ojo, hermanos queridos: si entre algunos de ustedes han logrado hacer amistad, eso está bueno; pero cuidado, no vaya a ser que ahora se estén conformando con esa relación solamente, y piensen que ya no necesitan de nadie más, ni quieren relacionarse con nadie más. öEvitamos al diferente o al extraño. Es difícil ver a un joven saludando un mayor, o al revés (por ejemplo). öOtras veces por las diferencias estamos ausentes en los momentos difíciles: decimos que porque no somos amigos, o no nos conocemos bien, no lo vamos a saludar, ni lo vamos a animar, ni lo vamos a visitar cuando está de luto, o cuando está enfermo, o cuando tiene un percance… öPor último, y todavía peor, a causa de las diferencias que tenemos, hasta nos criticamos o enemistamos, por cualquier diferencia que tengamos.
Estos son síntomas de desunión, a causa de las diferencias naturales que hay entre nosotros, porque pensamos que no tenemos muchas cosas en común.
II.         ¿Qué nos dice el Señor, ante esta conducta de desunión a causa de las diferencias? Nos dice lo siguiente: “Cristo mismo nos ha traído la paz. Él unió a judíos y a gentiles en un solo pueblo cuando, por medio de su cuerpo en la cruz, derribó el muro de hostilidad que nos separaba… Hizo la paz entre judíos y gentiles al crear de los dos grupos un nuevo pueblo en él. Cristo reconcilió a ambos grupos con Dios en un solo cuerpo por medio de su muerte en la cruz, y la hostilidad que había entre nosotros quedó destruida… Así que ahora ustedes, los gentiles, ya no son unos desconocidos ni extranjeros. Son ciudadanos junto con todo el pueblo santo de Dios. Son miembros de la familia de Dios… Estamos cuidadosamente unidos en él y vamos formando un templo santo para el Señor. Por medio de él, ustedes, los gentiles, también llegan a formar parte de esa morada donde Dios vive mediante su Espíritu” (Ef 2.11–22). A la congregación de los efesios el Señor les dijo: tengan muy en mente la unidad que Dios ha realizado.
Y eso es lo que nosotros también debemos hacer: Siempre debemos tener en mente la unidad que Dios ha realizado. Fijémonos cómo ha obrado Dios:
Primero, nos reconcilió con él mismo. Nosotros, a causa de nuestros pecados y ofensas contra él, éramos sus enemigos, y por eso estábamos justamente condenados al castigo eterno. Sin embargo, por su gran amor, Cristo quiso morir en la cruz en nuestro lugar, sufriendo lo que nosotros debíamos sufrir. Y luego resucitó, confirmando que su obra es eficaz y que él es el Salvador. Y nosotros hemos confiado en eso, en que sólo Cristo nos libra de la justa ira de Dios. Y así Dios nos reconcilió con él mismo por toda la eternidad. Ahora ya no hay ira de parte de Dios hacia nosotros. Ahora hay paz. Él nos reconcilió con él, no acercó a él, y nos puso en una relación íntima con él. Eso es lo primero que Dios hizo.
Segundo, nos unió en su única comunidad. Dios no quiso dejar sueltos y aislados a todos los reconciliados. Quiso formar una comunidad para él, una sola comunidad. Normalmente se la llama iglesia, pero aquí Pablo la llama de varios modos metafóricos: “pueblo de Dios”, “cuerpo de Cristo”, “familia de Dios” y “templo de Dios”. Sea como sea, Dios, después de reconciliarnos con él, nos ha unido a todos en esa su única comunidad. Lo hizo soberanamente, por pura gracia. Él dijo: “—De mi único pueblo va a formar parte: Fulano, Mengano, Zutano…” Todos ustedes forman parte de la comunidad de Dios, su única comunidad. Eso es lo segundo que Dios hizo.
Tercero, apaga la hostilidad y enciende la fraternidad. Al mostrarnos que ahora estamos reconciliados con Él, y que estamos todos unidos en su única comunidad, Dios quiere que nos demos cuenta de que ahora SÍ tenemos algo en común: ahora tenemos en común el mismo Padre, el mismo Salvador y el mismo Espíritu Santo. Ahora todos confiamos en la misma verdad y el mismo mensaje de salvación, todos hemos sido bautizados, todos formamos parte del mismo organismo vivo que es su iglesia, y todos por igual esperamos que se cumpla la promesa del regreso de Cristo y su manifestación gloriosa al mundo y nuestra reunión con él. ¿Tenemos o no tenemos cosas en común? Estas cosas son espirituales, profundas y eternas, y hacen que toda otra diferencia circunstancial y superficial pierda importancia, y queramos superarla. Si antes las diferencias encendían hostilidad entre nosotros, ahora lo que tenemos en común apaga esa hostilidad y enciende fraternidad, ganas de acercarnos, de conocernos, de relacionarnos, de ayudarnos. Un día se sentaron dos personas en una estación de tren. Una era una abuela pobre, y la otra era un adolescente varón rico. Se miraron, y no vieron nada en común entre sí. Pensaron que no tenían nada para compartir. Hasta que la abuela dejó ver una patineta en el interior de su bolsa, una patineta que llevaba para regalar a su nieto. Allí comenzó una conversación larga con el jovencito, a raíz de la patineta, a raíz de algo en común que en ese momento apareció. ¡Todo por una patineta! Y nosotros, ¿no tenemos mucho más en común, y mucho más trascendente, para acercarnos y relacionarnos profundamente? Si pensamos que no tenemos cosas en común, ni motivos para acercarnos, relacionarnos y ayudarnos, es porque no creemos que Dios nos ha reconciliado a ambos, ni que nos ha puesto en su única comunidad.
Así que, naturalmente somos diferentes y eso tiende a desunirnos; pero siempre debemos tener en cuenta la unidad que Dios ha realizado.
III.        Ahora vemos qué recomendación lógica nos hace el Señor en este punto. Dice Efesios 4.1, 3: “Vivan de una manera digna del llamamiento que han recibido, siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor. Esfuércense por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz”. En otras palabras, lo que Pablo les dice a los efesios es: ahora cada uno de ustedes debe comportarse como alguien que ha sido unido a todos los demás.
Y nosotros lo mismo: Debo comportarme como alguien que está unido a todos los demás. ¿Me estoy comportando como alguien que realmente está unido a todos los demás? Algunas recomendaciones:
Asistamos a los encuentros: todos los encuentros pensados para tener comunión entre nosotros: los domingos, los Grupos de Crecimiento, y de los diferentes sectores de la iglesia: ADOS, JVNS, Mujeres, Varones, etc. Eso refuerza la unidad.
Quedémonos un buen rato al finalizar los cultos. Hagámonos la idea que no dura 2 horas y cuarto, sino 3 horas y cuarto.
Acerquémonos y relacionémonos con otros. Venzamos la pereza social, así como la vencemos cuando se trata del trabajo, de la salud, etc.
No nos relacionemos siempre con los mismos. No siempre con los amigos, ni con la familia. Diversifiquemos nuestras relaciones, contactos, vínculos, conversaciones.
Acerquémonos al que está solo.
Conozcamos al diferente: diferente en edad, diferente en “clase social”, diferente de apariencia física…
Integremos a los nuevos discípulos. Esto es algo sumamente importante: alguien que se haya convertido recientemente. Alguien que venga de otra iglesia. Alguien que haya sido bautizado últimamente.
Atendamos a las visitas: Hospitalidad, o atención al desconocido.
Confortemos al que aparenta estar mal. Sea cálido y tierno, aunque no sepa qué decir, ni cómo ayudarlo.
Aprovechemos al que nos parece difícil o pesado: Al de carácter complicado, al pusilánime, al raro… no lo esquive, no lo evite… Aprovechalo para que Cristo desarrolle características buenas en vos mismo. Tratá con él, aguántalo, ayudalo, entonces desarrollás paciencia, amor, etc.
Visitemos o invitemos.
Seamos humildes: no pensemos que no necesitamos a nadie más; ni tampoco que somos los mejores.
Seamos amables: en lugar de lastimar a otros con indiferencia, gastadas, maltratos y gestos duros, seamos suaves, tiernos y amigables. 
Seamos pacientes: en lugar de enojarnos rápido con los hermanos difíciles, pesados o débiles, o desconectarnos rápido de ellos, aguantémoslos largamente.
Seamos amorosos: en lugar de ser indiferentes o insensibles ante los otros, queramos mostrarles a Cristo y ayudarlos.
Seamos pacíficos. En lugar de ser rápidos para entrar en conflicto polémica, amemos la paz. Dice: “En cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Ro.12:18).
Imagen: https://pixabay.com

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